EDITORIAL

   

Dr. Luis P. Neira

 Jefe de Departamento

Museo Experimental de Ciencias

 

Cuando el hombre comenzó a escudriñar los cielos, se encontró con un espectáculo maravilloso, pero a la vez desolador. Los astros mostraban una singular belleza, mas parecían moverse sin orden alguno. Esto fue un choque demoledor, ya que la aparente desarmonía del firmamento no condecía con la armonía que él había aprendido a cultivar: la música , la poesía y el arte. Con el devenir del tiempo, aprendió a descubrir regularidades en la inextricable trama del cosmos. Así, pudo predecir eclipses y otros eventos astronómicos, que no sólo satisficieron su anhelo de sabiduría, sino que modificaron y mejoraron su vida social y material.

La teoría geocéntrica de Ptolomeo fue la primera cosmogonía coherente: aunque con errores, la astronomía comenzaba a alcanzar su madurez científica. La Física, más joven, tiene en Aristotéles a su principal cultor; pero como todo pensador griego, sus teorías estaban dirigidas más a la razón que a explicar la realidad objetiva. El polo opuesto se manifiesta en Newton: su dinámica y teoría de la gravitación logra amalgamar la Mecánica Celeste y la Mecánica Terrestre. Es la primera teoría unificada y, a su vez, marca el inicio de la física teórica. Hoy, a puertas del tercer milenio, los científicos buscan con denuedo una Teoría del Todo, es decir, un esquema unificado capaz de explicar todos los fenómenos que ocurren en la naturaleza.

Con este número se cumple un ciclo de cuatro años, desde que la revista ACRUX comenzó a brillar con luz propia. En un mundo donde prosperan las tendencias globalizadoras, los debacles económicos y los intereses mezquinos, no es fácil mantener un hilo esperanzador.

Vaya, pues, mi reconocimiento a todo el personal de la Institución y colaboradores, que han aportado su granito de arena para edificar este pequeño-gran reducto del conocimiento.